Una casa reencontrada, no construida.
Decidir dar un paseo para dejar correr los pensamientos en libertad y encontrarse, casi por casualidad, colinas arriba, admirando un paisaje impregnado de una naturaleza «salvaje» pero amable, acogedora y fuerte.
Tras una curva, al final de la callejuela que serpentea por el pueblo —formado por casas abrazadas unas a otras—, cuando menos te lo esperas, aparece Ella. Se alza más alta que todas, como la última presencia antes del bosque y de la naturaleza incontaminada.
A primera vista te parece señorial, austera, severa, con un velo de tristeza, como si hubiese perdido su alma más profunda y verdadera. Pero luego la mirada se desplaza un poco y descubres toda su fuerza: los muretes de piedra seca, los olivos que parecen entrelazarse en lo alto con la vegetación, los senderos ocultos por una naturaleza que ha recuperado sus espacios, el murmullo de un arroyo cercano.
Y es aquí donde todo se vuelve más claro, donde comprendes el sentido de este peregrinar: entiendes que perteneces a este lugar, que es precisamente él lo que buscabas sin saberlo. Y comprendes que quieres protegerlo, devolverle su dignidad y su valor. Porque lo merece, porque su historia lo merece, porque lo mereces tú.